Opinión

La macro mejora, pero la economía real todavía avanza a dos velocidades

Tras un primer semestre marcado por la desinflación y una mayor estabilidad financiera, el desafío del Gobierno será transformar esa mejora macro en un crecimiento más amplio que alcance al consumo, la industria y el empleo.

Presidente Javier Milei. Foto: CEDOC

Si hubiera que resumir el primer semestre de 2026 en una sola frase, sería esta: la macroeconomía argentina muestra señales claras de normalización, pero esa mejora todavía no se traduce de manera uniforme en la economía real.

Los principales indicadores permiten afirmar que el proceso de estabilización continúa. La inflación mantiene una trayectoria descendente, las variables financieras exhiben mayor previsibilidad y el acceso al crédito comienza a recuperar dinamismo. Sin embargo, cuando se observa la actividad con mayor detalle, aparece una realidad bastante más heterogénea.

El EMAE creció 1,6% interanual en abril y acumula una expansión de 2,1% en el primer cuatrimestre. Es una señal positiva, aunque insuficiente para hablar de una recuperación consolidada. La evolución mensual muestra un comportamiento irregular: un comienzo de año favorable, una caída en febrero, un fuerte rebote en marzo y una desaceleración nuevamente en abril. En otras palabras, la recuperación existe, pero todavía no encuentra un ritmo sostenido.

La explicación aparece rápidamente cuando se analiza qué sectores están creciendo y cuáles siguen rezagados.

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Los grandes ganadores del nuevo escenario son aquellos vinculados a los recursos naturales, las exportaciones y las finanzas. El agro y las cadenas exportadoras registran un crecimiento del 15,2%; la pesca, del 14,6%; la energía y la minería avanzan 13,5%; mientras que los servicios financieros expanden su actividad un 6,7%.

No es casualidad. Son sectores que capitalizan con rapidez la estabilidad nominal, la mejora del acceso al mercado de cambios, una mayor disponibilidad de financiamiento y precios relativos más favorables. En una economía que comienza a ordenarse, quienes generan divisas son los primeros en capturar los beneficios.

Del otro lado aparecen los sectores que dependen principalmente del consumo interno. La industria manufacturera retrocede 2%, la administración pública cae 1,4% y el comercio pierde 1%. La desaceleración de la inflación todavía no alcanza para recomponer el poder de compra de los hogares ni para impulsar una recuperación homogénea de la demanda.

“El desafío será sostener el crecimiento en un contexto con incertidumbres en la evolución del crédito y la macroeconomía”

Este contraste probablemente sea la principal característica de la economía argentina durante lo que resta del año: una macro más estable conviviendo con una micro que todavía enfrenta desafíos importantes.

Las oportunidades existen y son relevantes. La continuidad del proceso de desinflación —con un IPC de mayo de 2,1%— mejora la previsibilidad para empresas e inversores. Si bien los costos no dejan de aumentar, la menor volatilidad facilita la planificación y la toma de decisiones de inversión.

También es esperable una corrección gradual del tipo de cambio durante el segundo semestre. Según las proyecciones del REM, mientras la inflación acumuló 16,9% durante la primera mitad del año, el dólar oficial apenas avanzó 2,2%. Hacia diciembre se espera una aceleración de la depreciación cercana al 13%, lo que permitiría recuperar parte de la competitividad perdida y favorecer nuevamente a los sectores exportadores.

A esto se suma un escenario favorable para los proyectos de energía y minería, que continúan siendo el principal motor de inversiones y generación de divisas, junto con un mercado financiero más dinámico, impulsado por la baja del riesgo país y una mejora en las condiciones de acceso al financiamiento tanto para el sector público como para las empresas.

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Pero también persisten riesgos que conviene no minimizar.

El primero es el atraso cambiario. Si la inflación continúa avanzando por encima del tipo de cambio durante un período prolongado, la competitividad externa volverá a deteriorarse y comenzarán a aparecer tensiones sobre el sector exportador.

El segundo desafío es social. La mora de las familias alcanza el 12,1%, un dato que refleja que buena parte del consumo todavía continúa bajo presión. Sin una recuperación más sólida del ingreso disponible, será difícil que los sectores orientados al mercado interno acompañen el crecimiento del resto de la economía.

Finalmente, el contexto internacional tampoco ofrece demasiadas concesiones. Las tasas de interés de la Reserva Federal permanecen elevadas, los conflictos geopolíticos mantienen una fuerte demanda de activos de refugio y el costo global del financiamiento continúa siendo alto para las economías emergentes.

En definitiva, la Argentina parece haber dejado atrás la etapa más crítica de la estabilización macroeconómica. Sin embargo, estabilizar no es lo mismo que crecer. El verdadero desafío comienza ahora: transformar un rebote impulsado por pocos sectores en un ciclo de crecimiento amplio, sostenido y capaz de llegar a toda la economía.

Para que eso ocurra, será indispensable avanzar con reformas que aumenten la competitividad, reduzcan la presión tributaria, mejoren la productividad y generen condiciones permanentes para invertir. De lo contrario, el riesgo es conformarse con una economía ordenada en sus números, pero todavía fragmentada en sus oportunidades.

* Economista y director de Asesoría Financiera

RM