Paritarias en desinflación: por qué el salario real todavía no se siente en el bolsillo
La inflación desacelera y las paritarias logran empatarle al IPC, pero el alivio no llega al bolsillo: tarifas, transporte y alimentos siguen pesando más que el promedio y ponen en jaque la recuperación del salario real.
La desaceleración de la inflación volvió a poner a las paritarias en el centro del debate. Con índices que empiezan a moderarse, la discusión salarial dejó de girar únicamente en torno a cuánto suben los precios y pasó a enfocarse en una pregunta más concreta: si la inflación baja, ¿por qué el salario real no termina de rendir en la vida cotidiana?
En 2025, el IPC acumuló una suba del 31,5%, mientras que los salarios pretendidos aumentaron en promedio 34,7%. En los números, los ingresos lograron ubicarse levemente por encima de la inflación. Sin embargo, esa mejora no se tradujo de forma automática en una sensación de alivio.
“El índice de inflación es un promedio, pero el bolsillo es una experiencia concreta. En este contexto de desinflación, las paritarias tienen que pensarse con mucho cuidado, porque no alcanza con mirar el índice general: el gobierno descongeló tarifas y abrió las importaciones, lo que genera un exceso de oferta que efectivamente baja precios en algunos rubros, pero a costa de menor producción local”, explica el economista y director de Asesoría Financiera, Nicolás Parreira.
Inflación en baja, bolsillo en tensión: ¿por qué el alivio todavía no llega?
La diferencia aparece al observar qué precios son los que realmente pesan en el gasto de los hogares. Los alimentos y bebidas aumentaron cerca del 35% y representan alrededor del 30% del presupuesto familiar. La vivienda, el agua, la electricidad y el gas subieron en promedio 20%, con la electricidad ajustando 13% y el gas 23%, y explican cerca del 20% del gasto. El transporte fue el rubro más crítico, con subas de entre 60% y 77%, sobre un componente que representa alrededor del 15% del gasto total.
“Si las paritarias se cierran con aumentos moderados, el trabajador puede encontrarse con que su salario no acompaña la inflación efectiva de los gastos cotidianos, sobre todo en servicios básicos”, señala Parreira.
A esta tensión se suma el frente laboral. La apertura de importaciones mejora la competitividad en precios, pero también desplaza producción local y reconfigura el mercado de trabajo. El impacto no siempre se refleja de inmediato en la desocupación, sino en un aumento del empleo precario y del cuentapropismo.
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Los datos del INDEC reflejan ese corrimiento. En el tercer trimestre de 2025, la tasa de empleo fue del 45,4% y la desocupación se ubicó en 6,6%, pero con una presión laboral total elevada, del 28,7%. Al mismo tiempo, cayó el peso de los asalariados, crecieron los cuentapropistas y la informalidad alcanzó al 43,3% de los ocupados.
“Lo que se observa es una redistribución regresiva del ingreso: los asalariados formales con paritarias lograron aumentos cercanos al IPC, mientras los cuentapropistas y no registrados quedaron expuestos a la inflación efectiva de alimentos, transporte y servicios, sin capacidad de negociación colectiva”, señala Parreira.
La debilidad del mercado laboral se combina con un frente productivo que no termina de consolidarse. En 2025, la industria manufacturera acumuló un crecimiento del 2% entre enero y noviembre, pero noviembre cerró con una caída interanual del 8,7%, con retrocesos en 15 de las 16 divisiones industriales, entre ellas textiles, automotores y maquinaria.
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“La desinflación se logró en paralelo a un mercado laboral más precario y una producción industrial que no logra consolidar su recuperación”, advierte Parreira.
Por eso, la baja de la inflación no garantiza por sí sola una mejora del salario real. “Para que el trabajador perciba alivio, los aumentos salariales tienen que superar la inflación efectiva de los rubros cotidianos, no verse neutralizados por tarifas y servicios, y darse en un contexto de empleo formal y producción sostenida”, sostiene el economista.
Mientras esas condiciones no se consoliden, la brecha seguirá abierta. La inflación puede bajar en los indicadores, pero el salario real y la estabilidad laboral continúan siendo un desafío en la mesa de todos los días. “Si las paritarias solo miran el IPC y no la canasta real del trabajador, la evolución del empleo y el nivel de producción, la baja queda en la estadística, pero no en el bolsillo”, concluye Parreira.
RM
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