Aunque los índices marcan una baja en el ritmo de aumento de los precios, la percepción social sigue siendo otra: llegar a fin de mes continúa siendo un desafío y la presión sobre el bolsillo no cede.
La inflación empezó a mostrar señales de desaceleración en los números oficiales, pero en la vida cotidiana el alivio todavía no aparece. Aunque los índices marcan una baja en el ritmo de aumento de los precios, la percepción social sigue siendo otra: llegar a fin de mes continúa siendo un desafío y la presión sobre el bolsillo no cede.
El contraste entre el dato estadístico y la experiencia diaria se volvió una de las principales tensiones del escenario económico actual. Mientras el IPC comienza a moderarse, los gastos que estructuran la vida cotidiana siguen ajustando por encima del promedio, erosionando cualquier sensación de mejora.
“El índice de inflación es un promedio estadístico; el bolsillo, en cambio, es una experiencia concreta”, explica el economista y director de Asesoría Financiera, Nicolás Parreira. “La inflación puede desacelerarse en los números, pero si los precios que definen la vida diaria siguen subiendo más rápido, el alivio no llega”.
En diciembre de 2025, el IPC registró un aumento del 2,8%. Sin embargo, los rubros que más pesan en el consumo cotidiano mostraron subas mayores: el transporte aumentó alrededor del 4%, la vivienda y los servicios públicos cerca del 3,4%, y los alimentos básicos también se ubicaron por encima del índice general. “Son gastos que no se pueden postergar ni ajustar fácilmente, y por eso la percepción inflacionaria sigue siendo alta”, señala Parreira.
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A este fenómeno se suma un problema de fondo: el deterioro acumulado de los ingresos. “Salarios y jubilaciones vienen corriendo de atrás desde hace años. Ajustan con rezago y, en muchos casos, no alcanzan a compensar la pérdida previa”, advierte el economista. En ese contexto, la comparación que hacen los hogares no es contra el mes anterior, sino contra lo que podían comprar tiempo atrás.
La desaceleración inflacionaria, entonces, convive con una economía doméstica todavía tensionada. Y eso explica por qué, aun con datos que mejoran, la sensación térmica no acompaña.
De cara a los próximos meses, Parreira plantea que el verdadero cambio no se medirá solo en los índices. “La baja de la inflación empieza a sentirse cuando cambia el comportamiento, no cuando mejora un dato aislado”, sostiene. La primera señal será la estabilidad sostenida de los precios cotidianos durante varios meses consecutivos. Si eso no ocurre, el índice puede bajar sin impacto real en la vida diaria.
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La segunda clave es el salario real. “No alcanza con bonos ni ajustes puntuales. El alivio aparece cuando hay una recuperación sostenida del poder adquisitivo frente a la inflación”, explica. Mientras los ingresos sigan perdiendo contra los precios, la percepción social difícilmente se modifique.
El tercer termómetro es el consumo. “Cuando el consumo masivo y los comercios de cercanía empiezan a moverse sin tanta cautela, cuando la gente deja de comprar en modo defensivo, ahí la inflación empieza a dejar de dominar la vida cotidiana”, agrega.
Por ahora, el escenario sigue marcado por esa brecha: una inflación que desacelera en los números, pero que todavía pesa en las decisiones diarias. La clave, concluye Parreira, “estará en que la estabilidad llegue a los precios que importan y que los ingresos logren recomponerse. Antes de eso, la baja existe en las estadísticas, pero no en la realidad cotidiana”.