Columna

El futuro de la firma electrónica: construir confianza en un mundo digital

La digitalización avanza en contratos, trámites y operaciones, pero el desafío ya no es solo hacerlos más rápidos: también es garantizar quién participó, qué aceptó y cuándo ocurrió.

Gonzalo Blousson, CEO y fundador de Signatura. Foto: Signatura

La digitalización de trámites, contratos y operaciones ya no es una novedad. Cada vez más procesos que antes requerían presencia física, papeles y firmas manuscritas hoy pueden resolverse de manera remota, desde una computadora o un celular.

El cambio es importante, pero también obliga a revisar una cuestión bastante básica: cuando las partes ya no están frente a frente y el papel deja de existir, ¿cómo construimos confianza sobre lo que ocurrió?

En los procesos presenciales, muchas de las evidencias estaban dadas por el propio contexto: una persona se identificaba, firmaba un documento y ese documento físico quedaba como constancia. En un entorno digital, esos elementos tienen que ser reemplazados por mecanismos capaces de acreditar con suficiente solidez quién intervino, qué aceptó, cuándo lo hizo y sobre qué información.

Por eso es positivo que esta agenda tenga hoy un lugar cada vez más visible en el sector público. Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación y Transformación del Estado, viene planteando la necesidad de simplificar procesos, eliminar formalidades innecesarias y aprovechar herramientas que permitan operar a distancia. Para quienes venimos trabajando desde hace años en esta transformación, es una buena señal que el Estado acompañe ese camino.

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Pero digitalizar un proceso no consiste simplemente en reemplazar una firma manuscrita por un click. Para que una operación digital sea confiable, hay varios elementos que deben resolverse en conjunto: validar la identidad de quien participa, registrar su consentimiento, garantizar la integridad de la información y poder acreditar cuándo ocurrió cada acción.

La identidad es el primer componente. Según el nivel de riesgo de cada operación, puede verificarse mediante distintos mecanismos, desde el control de un correo electrónico o un teléfono hasta herramientas más robustas, como la biometría.

Pero saber quién está del otro lado no alcanza. También es necesario demostrar qué hizo esa persona y sobre qué información manifestó su consentimiento: qué documento vio, qué acción realizó y bajo qué condiciones. A eso se suma la integridad, es decir, poder acreditar que el documento no fue modificado posteriormente, y el tiempo, que permite demostrar que determinada información existía y fue aceptada en un momento concreto.

En este punto, blockchain puede aportar mucho valor, aunque durante años haya quedado asociada casi exclusivamente a las criptomonedas. Esta tecnología también permite generar evidencia sobre la existencia e integridad de determinada información en un momento dado, sin necesidad de publicar ni exponer el contenido del documento.

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Además, hay un aspecto que considero especialmente importante: la evidencia debería poder ser verificada de manera independiente por terceros. El valor probatorio es mucho mayor cuando comprobar la integridad, la fecha o la existencia de un documento no depende exclusivamente de quien operó la plataforma en la que se realizó el proceso.

Blockchain no reemplaza la identificación de una persona, ni registra por sí sola su consentimiento, ni convierte mágicamente un proceso en seguro. Es una herramienta más dentro de una arquitectura destinada a construir valor probatorio.

Durante los primeros años de la transformación digital, gran parte de la conversación estuvo centrada en la eficiencia: ahorrar papel, eliminar traslados, reducir tiempos y bajar costos. Todo eso sigue siendo relevante, pero hoy el desafío es más amplio.

A medida que más relaciones entre personas, empresas y organismos ocurren íntegramente en entornos digitales, ya no alcanza con que los procesos sean rápidos y simples. También tienen que ser confiables. La tecnología permite construir evidencia mucho más rica que una simple imagen de una firma: validar identidades, registrar consentimiento, preservar la integridad de la información, acreditar fechas y reconstruir qué ocurrió durante todo el proceso.

No se trata de trasladar al mundo digital exactamente las mismas herramientas que utilizábamos en el papel, sino de aprovechar las capacidades de la tecnología para construir mecanismos de confianza adecuados a una realidad cada vez más digital.

Ese, más que la firma en sí misma, es el desafío que tenemos por delante.

* CEO y fundador de Signatura