La apertura de importaciones golpea a la industria nacional, pero también redefine estrategias: entre la caída y la adaptación, el sector busca su nuevo equilibrio.
El sector textil argentino atraviesa uno de sus momentos más convulsionados de las últimas décadas. No es una crisis silenciosa: tiene nombres, tiene fábricas cerradas y tiene trabajadores en la calle. Pero también tiene, en el mismo movimiento, una paradoja: mientras la industria nacional se desangra, las marcas internacionales hacen cola para abrir locales en Buenos Aires. Y en ese territorio de tensiones, algunas empresas locales encontraron una salida que no es ni la rendición ni la nostalgia: es adaptación.

El declive de la producción nacional de indumentaria y calzado por efecto de las importaciones sigue cobrándose la vida comercial de marcas y empresas. El caso más reciente y quizás el más simbólico es el de DFAC, la marca impulsada por TN Platex que vendía remeras, buzos y ropa interior directamente desde fábrica, con el discurso de mostrar el potencial y la calidad de la industria nacional. Sus controlantes anunciaron su cierre mediante un video difundido en redes sociales: despedida digital para un proyecto industrial que nació con vocación de demostración y terminó siendo otra víctima del contexto.

Pero DFAC no está sola en esa lista. Textilana, dueña de la marca Mauro Sergio y proveedora de Kosiuko, confirmó la apertura de su concurso preventivo, y en ese ámbito proliferan versiones de una potencial quiebra. Con más de 45 años de actividad, la compañía viene implementando medidas que confirman su difícil situación.
La compañía ya había reducido un 40% su personal a mediados de 2025 y cerró definitivamente su planta de Coronel Suárez, que producía para Adidas y cuya clausura derivó en la desvinculación de unos 360 trabajadores. El panorama se completa con nombres que durante décadas fueron parte del consumo de millones de argentinos. La fábrica de Cocot y Dufour, dedicada a la producción de ropa interior y ubicada en el barrio porteño de Parque Chas, cerró sus puertas dejando en la calle a sus últimos 140 empleados.
Lannot SA, dueña de la marca Viamo, avanzó con despidos y cierre de sucursales, formalizando su situación al ingresar en concurso preventivo, tras admitir que no puede hacer frente a sus obligaciones por una caída de hasta el 50% de las ventas. La empresa, que llegó a contar con más de 25 sucursales, hoy mantiene una red comercial reducida con algo más de 70 empleados.
A estos casos se suma la textil Fantome Group, fabricante de Reebok, Kappa, Kevingston y Cheeky, que también cayó en concurso preventivo para reestructurar parte de su deuda. Los números del sector confirman lo que los cierres narran. Según la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA), la actividad del sector cayó 23,9% interanual en enero, un derrumbe casi ocho veces mayor al retroceso de 3,2% observado en la industria en general, y las fábricas trabajaron con apenas el 24% de su capacidad instalada.
En ese escenario, la contracara tiene brillo propio y acento extranjero. La cadena francesa Decathlon, en noviembre de 2025, inauguró su primer local en el complejo Al Río con 3.000 metros cuadrados, y proyecta abrir hasta 30 locales en el país. Dolce&Gabbana tendrá su primer local en Argentina en Patio Bullrich, y Armani regresa de la mano del Grupo Tucci con apertura en Unicenter.

La marca francesa Maje llega a fin de mes a Alcorta Shopping, H&M negocia locales en shoppings de alto tránsito y Mango regresaría asociada al grupo Grimoldi hacia septiembre. El mapa del lujo y el fast fashion internacional se expande exactamente sobre el terreno que las marcas nacionales van dejando.

La lógica es cruel pero consistente: la apertura de importaciones, la estabilidad cambiaria relativa y la caída del poder adquisitivo medio crean condiciones favorables para ciertos segmentos del consumo internacional, mientras destruyen la ecuación de costos de la producción local. No es un fenómeno nuevo en la historia económica argentina, pero sí uno que esta vez llega con una velocidad y profundidad que pocas veces se habían visto. Sin embargo, hay empresas que no leyeron ese escenario como una sentencia.
GNZ GONZALEZ, marca de indumentaria masculina de segmento premium, es uno de esos casos que merecen análisis aparte. En un momento en que la consigna dominante parece ser cerrar o achicarse, la firma sostiene su operación. "Mientras muchas fábricas cierran sus puertas, nosotros decidimos ir en la dirección contraria: más variedad, más presencia, más opciones para el cliente", afirma Nicolás

Pernas, que dirige GNZ junto a su padre Alejandro. "Entendimos que el mercado hoy exige un equilibrio inteligente entre lo que se puede producir localmente con calidad y lo que el mundo ofrece en términos de materiales y terminaciones. Ese equilibrio es nuestra propuesta”, agrega. La estrategia de GNZ se articula en varios niveles simultáneos que responden a distintos perfiles de consumidor y distintas lógicas de producción.
Por un lado, la incorporación de piezas europeas terminadas que compiten directamente con lo que hoy ingresa al país sin articulación con la industria local. Por otro, una línea de producción que Pernas define como a la europea confección local con telas importadas de primera línea. "Trabajamos con Zegna, con Loro Piana, con materiales que cualquier sastrería italiana reconocería. La hechura es argentina, el tejido es europeo, y el resultado es una prenda que tiene identidad propia y precio competitivo frente a lo importado", explica.

Finalmente, una tercera línea orientada al uso cotidiano o a tejidos técnicos, confeccionada íntegramente en el país, con precios que llegan a superar lo que esas mismas prendas costarían adquiridas en el exterior. "Eso sorprende a muchos, pero la calidad de confección local en este segmento es altísima y los costos de importación, logística y aranceles hacen que producir acá tenga sentido y valor real", subraya Pernas.
Lo que GNZ GONZALEZ representa no es la excepción que confirma la regla, sino una hipótesis sobre cómo puede sobrevivir —y crecer— la industria nacional en un contexto de apertura. No negando la competencia externa, sino integrándola. No resistiendo la globalización, sino navegándola con criterio propio. En un mercado donde los grandes del textil se derrumban y los grandes del retail internacional hacen fila para entrar, hay espacio para quienes entienden que calidad, origen y propuesta de valor no son conceptos contradictorios. La crisis textil argentina no tiene una sola historia. Tiene muchas, y no todas terminan igual.