Acceso no es inclusión: el desafío de educar a los nuevos usuarios financieros

Más de 12,3 millones de argentinos ya tienen una cuenta en el mercado de capitales, pero apenas una fracción opera activamente.

Christian Bau*

Hace algunos años, para invertir había que saber qué era una cuenta comitente, acercarse a un banco o a un agente de bolsa y, sobre todo, saber qué preguntar. Hoy, una persona puede cobrar, pagar, ahorrar y poner a trabajar su dinero desde el mismo teléfono. Lo que alguna vez estuvo reservado para unos pocos se volvió parte de la vida cotidiana de millones de argentinos. 

La transformación también puede verse en los números. Al cierre de mayo de 2026, más de 12,3 millones de personas de la población económicamente activa tenían una cuenta en el mercado de capitales, según datos de BYMA. En 2017 eran poco más de un millón. En promedio, además, cada inversor tiene hoy dos cuentas comitentes abiertas. 

La magnitud del cambio es innegable. Las nuevas plataformas financieras y las billeteras virtuales redujeron las barreras de entrada y acercaron herramientas de ahorro e inversión a personas que antes estaban lejos del mercado de capitales. Pero esa democratización trae consigo una pregunta que empieza a ser cada vez más relevante: ¿tener acceso significa necesariamente saber qué hacer con él? 

Los datos sugieren que no. De los más de 12 millones de personas con una cuenta, apenas algo más de un millón opera activamente cada mes. La mayoría no compra ni vende acciones, bonos o CEDEARs. Utiliza alternativas de liquidez inmediata, como los fondos money market, muchas veces desde la misma aplicación con la que hace sus pagos cotidianos. 

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Y esto también dice algo sobre cómo estamos empezando a relacionarnos con nuestros ahorros. Durante mucho tiempo, en Argentina, la prioridad fue preservar el valor del dinero y tenerlo disponible. No debería sorprender, entonces, que el primer paso de millones de personas haya sido buscar instrumentos de bajo riesgo y liquidez inmediata. Antes que maximizar el rendimiento, queremos saber que podemos disponer de nuestra plata cuando la necesitemos. 

Pero, de a poco, esa lógica también empieza a cambiar. Los argentinos están incorporando nuevas herramientas y diversificando sus decisiones. Entre 2018 y 2026, los CEDEARs registraron un crecimiento de 12.328%, mientras que la renta fija aumentó 1.234% y la renta variable 611%, según BYMA. Hoy, más de un millón de inversores mantienen posiciones en CEDEARs. 

También cambió lo que elegimos dentro de esos instrumentos. Más de cuatro de cada diez operaciones con CEDEARs se concentran en empresas tecnológicas; luego aparecen los servicios financieros y las energéticas. Y el CEDEAR con mayor cantidad de inversores replica al S&P500. Hay, detrás de estos datos, una señal interesante: cuando el argentino empieza a invertir, ya no necesariamente busca una única alternativa. Empieza a pensar, aunque sea de manera incipiente, en diversificar. 

Ese es un avance enorme. Pero también es el punto en el que la democratización del acceso empieza a plantearnos un nuevo desafío. 

La misma tecnología que puso herramientas financieras al alcance de millones de personas también hizo que decisiones que antes requerían cierta intermediación hoy puedan tomarse con unos pocos clics. Y que algo sea sencillo de hacer no significa necesariamente que sea sencillo de comprender.

La mora en el crédito otorgado por billeteras virtuales y otros proveedores no bancarios es una de las señales que deberían llamarnos la atención. Según datos del Banco Central, alcanzó el 26,9%. Pero hay un dato todavía más preocupante: entre los menores de 20 años, la morosidad pasó del 5,6% al 24,3% en apenas un año, según estimaciones privadas. Es decir, se cuadruplicó. Se trata, en muchos casos, de personas que están teniendo sus primeros contactos con el sistema financiero y que pueden acceder a un crédito desde un teléfono antes incluso de haber incorporado conceptos básicos sobre tasas, costos, plazos y capacidad de pago. 

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No se trata de responsabilizar a las herramientas por las malas decisiones. Todo lo contrario. El desarrollo de las billeteras virtuales y las nuevas plataformas financieras es uno de los avances más importantes de los últimos años en materia de inclusión. El problema aparece cuando el acceso crece más rápido que el conocimiento necesario para utilizarlo. 

Una herramienta financiera no se vuelve segura simplemente porque sea fácil de usar. Y la inclusión financiera no es real solamente porque una persona pueda abrir una cuenta, acceder a un crédito o invertir desde su teléfono. La verdadera inclusión financiera ocurre cuando, además de tener acceso, una persona entiende qué está haciendo, cuáles son los riesgos, cuáles son los costos y qué consecuencias puede tener cada decisión. 

Volvamos entonces al número del principio. Más de 12 millones de personas ya tienen una cuenta en el mercado de capitales, pero solo una fracción opera activamente. Ese contraste no debería leerse como una falta de interés. Es, en realidad, una enorme oportunidad. El próximo paso de la inclusión financiera ya no consiste solamente en abrir cuentas o facilitar el acceso. Consiste en ayudar a que las personas entiendan qué pueden hacer con las herramientas que tienen disponibles y, sobre todo, qué implica cada decisión. Porque quizás el cambio más profundo no sea que hayamos dejado de guardar nuestros ahorros bajo el colchón. Es que hoy, por primera vez, millones de argentinos pueden decidir qué hacer con ellos desde la palma de su mano. 

El desafío que tenemos por delante es que esa posibilidad venga acompañada de algo igual de importante: el conocimiento para usarla bien. 

Porque el acceso puede democratizarse con tecnología. La verdadera inclusión financiera solo puede construirse con educación.

*Founder y CEO de Finzo