La fragilidad (tecnológica) de lo cotidiano

Cuando lo cotidiano deja de funcionar, contar con una práctica de recuperación puede hacer la diferencia. Y en un mundo donde la confianza es el activo más valioso, esa diferencia se convierte en ventaja competitiva.

Pablo Figueroa*

Son las 9 a.m. de un lunes cualquiera e intentas pagar un servicio desde tu aplicación bancaria: la pantalla se congela, el sistema no responde. Minutos después, los titulares anuncian lo peor: “Fallas en pagos y transferencias por la caída de un servicio web global: afectó a apps bancarias y billeteras digitales.”. De pronto, lo que parecía rutinario —transferir dinero, comprar un pasaje, enviar un mensaje— se convierte en un inesperado recordatorio de cuan frágil es la tecnología cotidiana.

Vivimos rodeados de tecnología invisible. No pensamos en los servidores que procesan nuestras compras, ni en los sistemas que guardan nuestras historias clínicas, ni en las plataformas que sostienen la comunicación con nuestros seres queridos. Todo funciona… hasta que dejan de hacerlo. Y cuando eso ocurre, el impacto no es solo técnico: es social, económico y, hasta, emocional. Ahí, en ese punto, es donde la resiliencia tecnológica se transforma en una ventaja competitiva, que las empresas pueden (y deben) capitalizar.

La paradoja de la conexión: por qué la mejor tecnología es la que no depende de internet

La fragilidad en la Empresa

La dependencia tecnológica es tan profunda que un corte de energía, un ciberataque o incluso un error humano puede paralizar ciudades enteras. La paradoja es que cuanto más naturalizamos la tecnología, más invisible se vuelve su fragilidad.

De igual modo, la fragilidad también se hace evidente en el mundo corporativo: un imprevisto con el servidor que controla una línea de producción genera pérdidas incalculables, la detención del sistema de pagos nos confronta con la cadena de suministros, o el fallo en la recuperación de información sensibles nos deja al borde de un conflicto legal.

El costo de la improvisación

Cuando lo cotidiano deja de funcionar, improvisar no es la solución. Las empresas que no cuentan con un plan de recuperación ante desastres (DRP, por sus siglas en inglés) podrían enfrentar pérdidas millonarias, daños reputacionales y, en algunos casos, la desaparición.

Las interrupciones tecnológicas significativas pueden alcanzar cientos de miles de dólares por hora en pérdidas. Pero más allá del impacto económico, hay un activo difícil de medir: la confianza. Clientes que migran a la competencia, inversores que dudan, marcas que pierden prestigio, son solo algunas de las consecuencias relacionadas con su pérdida.

Definitivamente, en un mundo cada vez más ‘omnitec’, la improvisación no es una opción.

Impulsar el acceso al Internet: un compromiso de las empresas tecnológicas

La resiliencia como ventaja competitiva

Aquí aparece el giro clave: la resiliencia tecnológica no solo protege, también diferencia. Las organizaciones que diseñan e implementan un DRP sólido no se limitan a “sobrevivir” a las crisis; las transforman y las capitalizan en oportunidades para demostrar su fortaleza.

  • Rapidez de respuesta: una empresa que se recupera en minutos frente a una caída masiva transmite seguridad.
  • Confianza del cliente: saber que una marca está preparada para lo inesperado genera fidelidad.
  • Reputación: la resiliencia se convierte en un valor intangible que posiciona a la organización como líder responsable.

En otras palabras, la resiliencia es un capital competitivo. No se ve en los balances, pero se percibe en la confianza que inspira.

Podemos pensarlo de una forma simple: diseñar e implementar un DRP es como contratar un seguro. Nadie espera necesitarlo, pero solo su existencia cambia la manera en la que enfrentaremos un evento inesperado.

La preparación para lo inesperado no es paranoia, ni obsesión sino inteligencia. Y, en el mundo corporativo, esa inteligencia se puede convertir en una ventaja significativa y capitalizable. Esta es la esencia de la resiliencia tecnológica: no evitar lo inevitable, sino estar listos para enfrentarlo.

“Pasamos de la IA como herramienta a la IA como socio en la vida cotidiana”

El futuro de lo cotidiano y la gran pregunta final

La digitalización seguirá avanzando. Inteligencia artificial, internet de las cosas, ciudades inteligentes: cada nuevo paso profundizará nuestra dependencia de tecnologías invisibles. La duda ya no es si habrá interrupciones, sino cómo responderemos cuando ocurran.

Entonces, ahora que comprendemos mejor la fragilidad (tecnológica) de lo cotidiano, la gran pregunta final es: ¿qué empresa elegirías para confiar tu dinero, tu salud o tu información: la que improvisa o la que se prepara?

La resiliencia tecnológica es el reaseguro que puede sostener nuestra vida diaria. Cuando lo cotidiano deja de funcionar, contar con una práctica de recuperación puede hacer la diferencia. Y en un mundo donde la confianza es el activo más valioso, esa diferencia se convierte en ventaja competitiva.

*Director de Paradigma

En esta Nota