Columna

¿Franquicia o Negocio Propio en el 2026?

Una decisión incómoda: seguir pagando el precio de aprender todo solo o decidir comprar tiempo.

Emprender. Foto: CEDOC

El 2026 será un año importante dentro del ciclo económico argentino: será un punto de inflexión, un año en el que seguir igual no será una opción viable para emprendedores, empresarios e inversores que aspiren a sostener y hacer crecer sus negocios en un contexto cada vez más competitivo.

La decisión que se tome entre ambas opciones definirá mucho más que  un modelo operativo; Definirá tiempo, nivel de estrés, calidad de vida, capacidad de crecimiento y, en última instancia, el lugar que cada negocio ocupará en una economía que empieza a ordenarse alrededor de la producción, la inversión y las ventas reales. Es una decisión profundamente estratégica y personal.

Arrancar —o continuar— con un negocio propio sin sistema, invertir en una franquicia estructurada o transformar un negocio existente en una red de franquicias para escalar de manera profesional son hoy caminos posibles. No elegir, en cambio, es el riesgo más alto de todos. Esta no es una discusión para curiosos ni para espectadores del contexto: es para quienes entienden que quedarse quietos, en 2026, equivale a retroceder.

Durante años se romantizó la idea de que ser “tu propio jefe” era sinónimo de libertad. En la práctica, esa promesa se tradujo muchas veces en jornadas interminables, decisiones tomadas en soledad, desgaste emocional y negocios excesivamente dependientes del fundador. No por falta de talento, sino por falta de estructura. Por eso, la discusión real no es franquicia o negocio propio, sino algo mucho más incómodo y honesto: seguir pagando el precio de aprender todo solo o decidir comprar tiempo.

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Este debate cobra aún más relevancia en el contexto que empieza a consolidarse. Cada vez más economistas y referentes del mercado argentino coinciden en que 2026 marcará el regreso pleno de la economía real. Un escenario en el que el foco dejará de estar puesto casi exclusivamente en variables financieras como el dólar, la inflación o la especulación de corto plazo, y volverá a centrarse en los negocios que producen, venden, invierten y escalan. Claudio Zuchovicki, presidente de BYMA, lo expresó con claridad al afirmar que las finanzas pasarán a un segundo plano y que el centro de gravedad estará en la producción y la inversión concreta.

Este movimiento no sólo redefine cómo se hacen negocios en Argentina. Tiene una implicancia adicional de enorme peso estratégico: vuelve a colocar al país en el mapa global. Argentina empieza a recuperar atractivo para marcas internacionales, grupos empresarios y capitales que ya no miran al país desde una lógica puramente especulativa, sino desde una perspectiva productiva y de expansión. El interés que reaparece es estratégico, no coyuntural.

Sin embargo, esta apertura al mundo trae consigo un desafío que no admite ingenuidad. Volver al mapa global implica volver a competir con estándares globales. Cuando Argentina se abre, no compite solo consigo misma, compite con marcas internacionales, con modelos altamente profesionalizados, con sistemas eficientes y con culturas empresariales orientadas a la ejecución. En ese contexto, la improvisación deja de ser tolerable. La economía real exige competitividad real.

Es allí donde el franchising aparece como una herramienta central y no como una simple alternativa. El franchising no es solo una marca, un manual o una estrategia de marketing. Es, ante todo, una forma inteligente de comprar tiempo. Comprar tiempo significa reducir diez años de prueba y error en dos años de ejecución, evitar errores que otros ya cometieron y corrigieron, y comenzar a operar con procesos, precios, proveedores y modelos de gestión ya validados.

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Cuando alguien adquiere una franquicia, no paga únicamente por un negocio en funcionamiento. Paga por todo aquello que no tendrá que atravesar: decisiones equivocadas, fracasos evitables, desgaste invisible y años de aprendizaje solitario. En un año como 2026, donde la economía real vuelve a exigir velocidad, foco y capacidad de ejecución, comprar tiempo deja de ser una ventaja competitiva para transformarse en una necesidad estratégica.

La diferencia entre franquicia y negocio propio se vuelve entonces mucho más nítida. El negocio propio sin sistema suele avanzar entre dudas permanentes: si los precios son correctos, si el modelo escala, si los proveedores acompañan, si se está creciendo o simplemente trabajando más. La franquicia bien estructurada, en cambio, avanza con método. Tiene menos épica, pero más resultado. Las reglas y los estándares, lejos de ser una limitación, funcionan como un acelerador que reduce riesgos, ordena la operación y libera tiempo mental para pensar estratégicamente.

Para quienes ya tienen un negocio en marcha, esta decisión es todavía más profunda. El límite del crecimiento tradicional siempre aparece en el mismo lugar: el tiempo, el capital y la energía del fundador. El franchising permite romper ese techo al habilitar el crecimiento con capital de terceros. Los franquiciados invierten, operan y gestionan en el territorio; el dueño del sistema escala marca, red y valor. No se trata solo de crecer más rápido, sino de cambiar de rol: pasar de ser dueño de un negocio a ser dueño de un sistema.

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Los números refuerzan esta diferencia en Argentina:

Cerca del 46% de los negocios propios tradicionales no logran sobrevivir más de cinco años. 

En las franquicias bien estructuradas, los relevamientos muestran tasas de supervivencia superiores al 85% en el mismo período. 

La diferencia no está en el rubro ni en el contexto macroeconómico, sino en el método. Mientras un negocio propio puede tardar entre siete y diez años en consolidarse —si lo logra—, una franquicia permite acelerar esa curva a dos o tres años y escalar con menor desgaste personal.

Todo esto ocurre en un contexto en el que 2026 no admite zona de confort. Será un año que premie a quienes decidan con claridad, método y coraje, y que exponga rápidamente a quienes sigan esperando un “mejor momento”. En una Argentina que vuelve a competir con el mundo, tener sistema deja de ser una ventaja para convertirse en la condición mínima para jugar.

La pregunta final  es profundamente práctica: enfrentar 2026 con un modelo improvisado lleno de dudas o hacerlo con un sistema probado, competitivo y preparado para escalar en la economía real. En ese escenario, la decisión entre franquicia o negocio propio deja de ser una discusión académica y pasa a ser, sin exagerar, una de las decisiones más importantes de la vida empresarial.

*Socio y CEO de 300 Argentina