Los mercados enfrentan una combinación incómoda pero conocida: alta incertidumbre, señales mixtas y ausencia de una dirección clara. Mientras no se defina cuál de estos escenarios prevalecerá, la volatilidad seguirá siendo el rasgo dominante.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase distinta. Lo que durante meses fue interpretado como un foco más de tensión geopolítica empieza a consolidarse como un factor con impacto directo sobre las variables centrales de la economía global. Ya no se trata solo de riesgo político: lo que está en juego es la estabilidad del suministro energético, la dinámica inflacionaria y, en consecuencia, el margen de acción de la Reserva Federal.
La reciente intensificación del conflicto, con mayor implicación en puntos estratégicos del comercio marítimo como el mar Rojo, Bab el-Mandeb y el estrecho de Ormuz, refuerza esta lectura. Estos corredores no son periféricos: son arterias críticas para el flujo energético global. Cuando su funcionamiento se ve amenazado, el impacto no tarda en trasladarse a los precios y, desde allí, al resto de los activos financieros.
El mercado petrolero es hoy el reflejo más claro de esta tensión. El Brent ha escalado por encima de los 115 dólares por barril, mientras que el WTI ya superó los 100 dólares. Este movimiento no puede leerse únicamente como una reacción coyuntural. A estos niveles, el petróleo deja de ser una variable geopolítica para convertirse en una restricción macroeconómica concreta.
Petróleo, dólar e inflación: el costo silencioso de un shock externo
El encarecimiento de la energía se filtra rápidamente en toda la economía, como el transporte, la producción y los bienes de consumo. El resultado es un aumento del riesgo de inflación persistente, justo en un momento en el que los mercados esperaban una mayor flexibilidad de la política monetaria. Este es el punto de inflexión, el conflicto no sólo eleva los precios, sino que también altera las expectativas.
La Reserva Federal queda, así, en una posición incómoda. En un escenario de desaceleración económica, el camino habitual sería recortar tasas para estimular la actividad. Pero con la inflación impulsada por el costo de la energía, esa opción pierde margen. El resultado es una política monetaria atrapada entre dos fuerzas: crecimiento más débil y presiones inflacionarias todavía activas.
Este cambio ya se refleja en los mercados financieros. El dólar estadounidense se fortalece de manera sostenida, en línea con la revisión de expectativas sobre tasas más altas por más tiempo. Al mismo tiempo, el oro, tradicional refugio en contextos de incertidumbre, muestra un comportamiento atípico, con una caída significativa que marca su peor desempeño mensual en años. La lógica clásica de crisis geopolítica, donde dólar y oro suben en simultáneo, parece haberse alterado bajo el peso del shock energético.
El cierre del estrecho de Ormuz podría disparar el petróleo hasta los 150 dólares por barril
¿Y las acciones?
Las acciones tampoco quedan al margen. La presión sobre el S&P 500 refleja un entorno en el que el costo del dinero podría mantenerse elevado por más tiempo del previsto, afectando valuaciones y expectativas de crecimiento.
A medida que el calendario avanza hacia abril, la atención del mercado comenzará a desplazarse desde los titulares geopolíticos hacia los datos económicos. Indicadores como el JOLTS, las nóminas no agrícolas o el PMI manufacturero serán determinantes para evaluar si el crecimiento global empieza a resentirse bajo el impacto de la energía más cara.
Sin embargo, el frente geopolítico sigue siendo decisivo. El fin de la pausa táctica en los ataques sobre infraestructura energética iraní abre la puerta a nuevos escenarios. La posibilidad de una distensión convive con el riesgo de una escalada o incluso de un conflicto prolongado que se extienda a lo largo de 2026.
En este contexto, los mercados enfrentan una combinación incómoda pero conocida: alta incertidumbre, señales mixtas y ausencia de una dirección clara. Mientras no se defina cuál de estos escenarios prevalecerá, la volatilidad seguirá siendo el rasgo dominante.
Más que una crisis puntual, lo que se está configurando es un entorno donde el petróleo vuelve a ocupar un rol central en la economía global. Y, como tantas veces en la historia reciente, es ese factor, más que los titulares de los medios de comunicación, el que termina definiendo el rumbo de los mercados.
*Analista Senior de Mercados, VT Markets