Opinión

La promesa incumplida de la movilidad social

Por que durante buena parte del siglo XX la sociedad argentina construyó un consenso relativamente sólido de que estudiar y trabajar era el camino para progresar pero hoy muestra signos evidentes de agotamiento.

Movilidad social Foto: Cedoc

Durante buena parte del siglo XX, la sociedad argentina construyó un consenso relativamente sólido: estudiar y trabajar era el camino para progresar. La escuela era el gran igualador social y el empleo formal la garantía de la estabilidad. Ese pacto, que organizó durante décadas las expectativas de generaciones enteras, muestra hoy signos evidentes de agotamiento.

El Informe de Investigación Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas de futuro, realizado desde el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, retrata con crudeza esa transformación. Sus resultados no reflejan solamente la magnitud de la crisis social juvenil. Revelan algo más profundo: el debilitamiento de los dos pilares sobre los que se asentó históricamente la integración social: la educación y el trabajo.

El primer dato resulta contundente. Casi la mitad de los jóvenes argentinos entre 18 y 29 años se encuentra en situaciones de vulnerabilidad. No se trata de una minoría marginal sino de un fenómeno que atraviesa al segmento juvenil.

Uno de los rasgos más visibles de esta vulnerabilidad se observa en las trayectorias educativas de los jóvenes. Seis de cada diez jóvenes vulnerables no terminaron la escuela secundaria y apenas uno de cada cuatro continúa estudiando. La capacitación en oficios, que podría compensar en parte esa brecha, llega apenas a una minoría, a pesar de los esfuerzos de los actores involucrados.

En este contexto, el abandono escolar temprano deriva en trayectorias laborales marcadas por la precariedad. Aunque casi siete de cada diez de este universo juvenil trabajan, la incorporación al mercado de trabajo no alcanza para revertir su situación de vulnerabilidad. Apenas el 18,9% de quienes tienen empleo accede a un puesto registrado, mientras que la enorme mayoría se desempeña en relaciones laborales informales o trabaja por cuenta propia. La informalidad dejó de ser una situación excepcional para convertirse en la forma dominante de la inserción laboral entre los jóvenes vulnerables.

Los empleos disponibles se concentran en tareas de baja calificación -comercio, construcción, ventas informales, limpieza o cuidados-, con escasas posibilidades de acceder a ocupaciones estables y de mayor calidad. Incluso quienes trabajan jornadas completas encuentran enormes dificultades para sostener económicamente a sus hogares: casi el 57% afirma que los ingresos no alcanzan para llegar a fin de mes.

Durante décadas, educación y trabajo funcionaron como etapas complementarias de un mismo recorrido de integración social. Hoy ese vínculo se ha resquebrajado. El ingreso al mercado de trabajo suele implicar el abandono de los estudios y, a su vez, dejar la escuela empeora las oportunidades de acceder a un empleo registrado y con protección social.

La consecuencia más visible es la erosión de la movilidad social. No desaparece el deseo de progresar; se derrumbaron las condiciones que lo vuelven posible.

Este panorama obliga a revisar algunas de las argumentaciones más extendidas sobre los jóvenes. Con frecuencia, se habla de una supuesta "falta de esfuerzo" o de una presunta pérdida de la “cultura del trabajo”. El estudio muestra una realidad más compleja: si bien da cuenta de un núcleo de jóvenes que no estudia, no trabaja ni busca empleo -los “ni-ni-ni”-; la mayoría de los jóvenes vulnerables mantiene algún vínculo con el mercado laboral, aunque sea en condiciones precarias. El problema no es la falta de disposición para trabajar, sino la calidad de los empleos disponibles.

Algo similar ocurre con la educación. No estamos frente a una generación que haya dejado de valorar el estudio. Estamos frente a trayectorias educativas atravesadas por restricciones económicas, responsabilidades familiares, inserciones laborales tempranas y contextos donde sostener la escolaridad se vuelve extraordinariamente difícil.

En este sentido, la vulnerabilidad no debe comprenderse únicamente como una insuficiencia de ingresos. Es una acumulación de restricciones que se retroalimentan: menor escolaridad, empleos precarios, ingresos inestables, ausencia de cobertura de salud y mayores dificultades para construir proyectos de largo plazo.

Recuperar la capacidad integradora de la educación y del trabajo constituye probablemente uno de los mayores desafíos de la Argentina en la actualidad. No alcanza con ampliar la oferta educativa escindida de una inserción laboral de calidad. Tampoco alcanza con generar empleo si éste reproduce la informalidad y la incertidumbre.

La movilidad social nunca fue un proceso automático. Dependió de instituciones capaces de transformar el esfuerzo individual en oportunidades reales. Cuando esa conexión se rompe, la educación y el trabajo dejan de funcionar como mecanismos de integración social y la desigualdad comienza a reproducirse entre generaciones.

La gran pregunta que surge de los resultados de la investigación no es cuántos jóvenes trabajan o cuántos estudian. Es otra, mucho más inquietante: ¿cuáles son las implicancias de la ruptura del hilo que unía la educación, el trabajo y la construcción de un proyecto de vida?

*Profesor de la Universidad de Buenos Aires e Investigador Principal del CONICET. Director de la Investigación PIDAE “Jóvenes vulnerables en Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas de futuro”, CBC-UBA.