Los liderazgos que marcan la diferencia no son los que resuelven rápido a cualquier costo, sino los que construyen soluciones sostenibles, transparentes y legítimas
En contextos de crisis, las decisiones se aceleran. La urgencia se impone, los márgenes se achican y lo excepcional empieza a parecer normal. Pero hay algo que no debería cambiar: el compromiso con la integridad. Porque cuando eso se debilita, no estamos frente a simples desvíos administrativos. Estamos frente a la antesala de la corrupción.
La historia —y también nuestra propia realidad— demuestra que las crisis son terreno fértil para prácticas que, bajo el argumento de la necesidad, terminan erosionando la transparencia. Contrataciones sin controles adecuados, conflictos de interés que se relativizan, decisiones que se justifican en la velocidad, pero que carecen de criterios claros. Y es justamente ahí donde aparece la verdadera dimensión del liderazgo.
Desde mi experiencia en el sector público y privado, en espacios de decisión estratégica y en el diseño de programas de integridad, estoy convencida de que la integridad no puede ser una variable de ajuste. No es un ideal teórico ni un requisito formal. Es una condición necesaria para gestionar bien.
Porque cuando la integridad se negocia, lo que se pierde no es solo cumplimiento normativo. Se pierde confianza. Y sin confianza, no hay gobernanza posible.
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La corrupción no siempre empieza con grandes escándalos. Muchas veces comienza en pequeñas concesiones, en decisiones que parecen menores, en atajos que se justifican por la urgencia. Pero esos atajos tienen un costo: debilitan las instituciones, distorsionan la competencia y afectan directamente a la sociedad.
Frente a esto, el modelo de gestión que propongo —y que sostengo en cada uno de los espacios donde me toca liderar— parte de una premisa clara: la eficiencia y la transparencia no son opuestas. Son, en realidad, inseparables.Gestionar en crisis no implica elegir entre rapidez o control. Implica tener la capacidad de diseñar sistemas que permitan ambas cosas. Implica anticipar riesgos, fortalecer mecanismos de prevención y tomar decisiones con criterio, incluso cuando el contexto presiona en sentido contrario. La integridad, en este marco, deja de ser un límite para convertirse en una herramienta estratégica. Es lo que garantiza que las decisiones no solo resuelvan el presente, sino que no comprometan el futuro.Pero nada de esto es posible sin liderazgo ético.
Los directorios, los equipos de gestión y quienes ocupan posiciones de poder tienen una responsabilidad central: sostener principios cuando resulta más cómodo no hacerlo. La integridad no se limita al rol profesional, empresarial o dirigencial. Quienes formamos parte de organizaciones —públicas o privadas— también estamos llamados a sostener coherencia en nuestra vida personal. Porque la ética no se activa solo en el ejercicio del cargo; es una forma de vivir, de decidir y de actuar incluso cuando nadie nos está mirando. La credibilidad de un liderazgo no se construye únicamente en los espacios formales de decisión, sino también en la consistencia entre lo que se dice, lo que se hace y cómo se vive.
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Hoy, más que nunca, tanto en el ámbito público como en el privado, necesitamos líderes que entiendan que la integridad no es un discurso, sino una práctica cotidiana. Que cada decisión —por más pequeña que parezca— construye o debilita cultura. Necesitamos liderazgos que no naturalicen la excepción, que no confundan flexibilidad con arbitrariedad y que no pierdan de vista que la corrupción no solo es un problema legal: es un problema de gestión y de valores.
En un contexto donde la confianza es uno de los activos más escasos, la integridad se vuelve el principal diferencial. No alcanza con gestionar. Hay que gestionar bien. Y gestionar bien, incluso —y sobre todo— en contextos de crisis, es elegir hacer lo correcto cuando sería más fácil no hacerlo.
Porque al final, los liderazgos que marcan la diferencia no son los que resuelven rápido a cualquier costo, sino los que construyen soluciones sostenibles, transparentes y legítimas. Ese es el liderazgo que hoy necesitamos. Y ese es el modelo de gestión que vale la pena sostener.
*Cofundadora de Grupo ELEDE-Ganadora del Premio Mujer en Integridad AGEI 2025