Cuando el legado se impone sin habilitar un proceso de apropiación personal, tiende a volverse pesado y, en ese contexto, no resulta extraño que emerjan distancias, conflictos o incluso rupturas.
¿Qué ocurre cuando el eje principal no es el deber, sino el propósito? ¿Qué cambia cuando el legado, en lugar de experimentarse como una exigencia implícita, puede ser aceptado, transformado o incluso postergado, sin que eso afecte los vínculos familiares? Estas preguntas no sólo interpelan a quienes forman parte de una empresa de familia, sino también a cualquier persona que, en algún momento de su vida, se enfrenta con la necesidad de otorgarle sentido a lo que hace y a lo que proyecta.
Cuando pertenecer era obedecer
Durante mucho tiempo, el modelo predominante en las empresas familiares estuvo estructurado en torno al mandato: continuar, sostener, honrar; un mandato que no se discutía y que, en muchos casos, constituía la condición misma de pertenencia. Este modelo está cambiando profundamente: en las últimas décadas, con la aparición de las generaciones millennial y centennial, comenzó a insinuarse otra lógica, que no supone negar el legado sino abrirlo a una reinterpretación que lo vuelva más habitable para quien lo recibe.
Del deber al sentido
En ese punto resulta especialmente fértil el concepto japonés de ikigai, entendido como aquello que da sentido a la vida, no como una obligación externa sino como un espacio de convergencia entre lo que una persona ama, aquello en lo que puede desplegar sus capacidades, lo que el mundo necesita y aquello por lo que puede ser reconocida. Desde esta perspectiva, el legado familiar no necesariamente se configura como una carga; puede constituirse en una propuesta, en una plataforma, en un punto de partida que, para desplegar todo su potencial, requiere ser pensado, conversado y, sobre todo, elegido.
¿Quién debe continuar la empresa familiar?
Cuando el legado pesa demasiado
Cuando el legado se impone sin habilitar un proceso de apropiación personal, tiende a volverse pesado y, en ese contexto, no resulta extraño que emerjan distancias, conflictos o incluso rupturas que afectan tanto a la familia como a la empresa. Por el contrario, cuando ese legado se ofrece y admite ser reinterpretado, puede transformarse en un puente entre generaciones, un puente que no obliga a ser transitado pero cuya existencia amplía las posibilidades de encuentro y continuidad.
Cambios en el rol de cada generación
Este desplazamiento implica, a su vez, una revisión del rol de la generación mayor, que ya no se limita a transmitir un camino, sino que asume también la responsabilidad de habilitar búsquedas, del mismo modo que interpela a las nuevas generaciones a construir una relación más consciente, menos reactiva y más creativa con aquello que reciben.
Elegir para continuar
El pasaje del mandato al propósito no suprime las tensiones propias de toda empresa de familia, aunque sí modifica su carácter, en la medida en que introduce la posibilidad de que la continuidad se sostenga en una elección con sentido y no en una inercia difícil de cuestionar.
En ese cruce entre lo recibido y lo elegido, entre la historia y la proyección, es donde el legado encuentra su forma más fértil; y precisamente cuando confluyen lo individual y lo compartido con la familia, la búsqueda del ikigai nos ilumina para lograr empresas exitosas y ayudar a la felicidad de personas y familias.
*Director de CAPS Consultores www.caps.com.ar. Fundador de Grupos Estim