Opinión

En el mes de los emprendedores, una oportunidad para ampliar la mirada más allá de las startups

El 16 de abril se celebró el Día Mundial del Emprendimiento, fecha que pone en escena una imagen conocida: fundadores, ideas disruptivas y startups decididas a cambiar las reglas de juego.

Santiago Delfino Foto: Cedoc

Como cada año, el 16 de abril se celebró el Día Mundial del Emprendimiento, fecha que pone en escena una imagen conocida: fundadores, ideas disruptivas y startups decididas a cambiar las reglas de juego. Es una narrativa potente, pero parcial. Porque emprender no es, necesariamente, crear una startup. Es, ante todo, una forma de enfrentarse a la incertidumbre.

La diferencia entre una startup y una organización consolidada no radica en la capacidad de emprender, sino en el contexto en el que esa capacidad se despliega. Las startups nacen con urgencia: necesitan encontrar, en tiempo limitado, un modelo de negocio viable, factible y escalable. Esa condición define su ADN: experimentación constante, iteración y aprendizaje acelerado. Las corporaciones, en cambio, fueron diseñadas para optimizar, escalar y gestionar riesgos. Y en ese diseño, muchas veces, la lógica emprendedora queda relegada.

Sin embargo, los desafíos actuales no distinguen entre unas y otras. La presión por ganar eficiencia, incorporar tecnología y adaptarse a nuevas dinámicas obliga a repensar cómo se genera valor, incluso en organizaciones con décadas de historia. En ese escenario, emprender deja de ser una opción para convertirse en una capacidad crítica.

Ahora bien, emprender dentro de una organización no es trivial. No alcanza con ideas ni con equipos motivados. Supone operar dentro de estructuras existentes, con incentivos que no siempre favorecen la experimentación y con una aversión al riesgo que, más que una debilidad, suele ser una consecuencia natural de la escala.

Moda vs. aprendizaje

En este contexto, el Corporate Venturing se consolidó como una respuesta concreta. No como una moda, sino como un mecanismo para canalizar la lógica emprendedora en entornos diseñados para la operación. Colaborar con startups, lanzar pilotos acotados, testear en contextos reales: más que iniciativas aisladas, son formas de aprender con bajo costo y riesgo controlado.

Desde esta perspectiva, las startups dejan de ser únicamente proveedores o posibles inversiones. Se convierten en catalizadores: interpelan a la organización, exponen sus límites y desafían supuestos. Pero ese aprendizaje no ocurre de manera espontánea. Requiere intención, pero sobre todo diseño.

El verdadero diferencial no está en la cantidad de iniciativas, sino en la capacidad de sostener procesos de exploración en el tiempo. En aceptar que no todo puede planificarse, que el error es parte del proceso y que aprender no es un subproducto, sino el objetivo.

Tal vez, entonces, estos días en los que se honran a los emprendedores sean una oportunidad para ampliar la mirada. No solo para reconocer a quienes se animan a crear desde cero, sino también a quienes, desde dentro de las organizaciones, abren caminos donde antes no los había.

Porque emprender no es una cuestión de formato, sino de actitud frente a lo desconocido. Y esa actitud no se declama: se diseña, se habilita y se sostiene en el tiempo.

*Líder Senior de Innovación & Desarrollo Corporativo de Grupo Murchison

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