Qué choque cultural enfrentan las empresas chinas al contratar argentinos

La llegada de capitales chinos no solo modifica el mapa de inversiones: también pone frente a frente dos culturas laborales con distintas expectativas sobre compromiso, presencialidad, flexibilidad y condiciones de trabajo.

Carolina Cianfagna

La llegada de nuevas inversiones chinas a la Argentina abre oportunidades de negocios, pero también plantea un desafío del que se habla bastante menos: ¿qué pasa cuando empresas y trabajadores que vienen de culturas laborales muy diferentes tienen que encontrarse? Según datos de la Cámara de Comercio China, existen 82 empresas radicadas en Argentina con casa matriz en ese país. En junio, una comitiva integrada por 22 compañías chinas llegó en busca de oportunidades de negocios en sectores que van desde maquinaria minera y textiles hasta centros de datos. A esto se suma el avance de nuevas inversiones vinculadas con sectores como automotriz, minería, energía e infraestructura.

Pero desembarcar en un mercado no significa solamente invertir, vender o instalar una operación. También significa contratar a las personas que van a hacerla funcionar. Y ahí empieza otra negociación.

Desde We Global Talent trabajamos con compañías chinas de los sectores agroquímico, energético, logístico, minero, de infraestructura, automotriz y retail. En esos procesos empezamos a observar algo interesante: muchas de las dificultades no aparecen por falta de talento, sino por diferencias en la manera de entender el trabajo.

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Dos culturas frente a una misma oferta laboral

Una de las primeras diferencias aparece incluso antes de contratar. En Argentina -y también en nuestra experiencia con muchas compañías europeas y norteamericanas- solemos dedicar tiempo a construir la relación comercial: entender el negocio, presentar credenciales, conversar sobre metodología y generar confianza antes de llegar a la propuesta económica.

En varias negociaciones con compañías chinas, la dinámica fue diferente.

“¿Pueden hacerlo?”
“¿Cómo contratan?”
“¿Cuánto cuesta?”

Precio. Modalidad. Capacidad de ejecución.

Los intercambios tienden a ser más directos y la eficiencia, el costo y la concreción adquieren rápidamente un lugar central. La negociación puede ser intensa y la comparación entre proveedores es habitual. Pero la diferencia más interesante aparece cuando dejamos de hablar de proveedores y empezamos a hablar de personas.

Porque determinados salarios, beneficios y condiciones que forman parte habitual de una propuesta laboral competitiva en Argentina pueden resultar difíciles de interpretar cuando se los analiza utilizando referencias de otro mercado. Y viceversa.

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“¿Cuántos días de home office tiene?”

El profesional argentino también cambió. Hoy una persona que evalúa una propuesta laboral -especialmente cuando hablamos de talento calificado con capacidad de elegir- no pregunta solamente cuánto va a ganar. Pregunta por home office. Prepaga. Vacaciones. Horarios. Flexibilidad. Desarrollo. Liderazgo. Autonomía. Y cada vez pregunta más por algo difícil de poner en una planilla: cómo va a ser su vida trabajando ahí.

Es justamente en ese punto donde pueden aparecer algunos de los mayores choques culturales. En determinadas culturas organizacionales chinas existe una relación con el trabajo donde la disponibilidad, la presencialidad y las jornadas extensas pueden estar mucho más naturalizadas. A esto se suma que algunas decisiones continúan dependiendo de equipos ubicados en China: doce horas de diferencia no desaparecen porque la operación esté en Argentina.

Un mensaje, una aprobación o una reunión pueden llegar cuando del otro lado del mundo recién comienza la jornada. Desde Argentina, en cambio, muchos profesionales incorporaron con mucha más fuerza la necesidad de establecer límites: horarios, vacaciones, modalidad de trabajo y espacios de desconexión.

Ninguna de estas miradas puede entenderse correctamente si se la analiza solamente desde los códigos de la otra. Lo que para una organización puede ser leído como compromiso, para un candidato puede sentirse como falta de límites. Y lo que para un profesional argentino es flexibilidad, desde otra cultura empresarial puede interpretarse como una forma diferente de relacionarse con el trabajo. Ahí está el verdadero desafío.

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No alcanza con trasladar el modelo

Una compañía puede traer capital, tecnología, procesos y know-how desde su casa matriz. Lo que no puede importar sin adaptación es el mercado laboral.

Las empresas chinas que quieran competir por talento argentino van a necesitar entender cuáles son las referencias salariales locales, qué condiciones valoran hoy los profesionales y qué aspectos de una propuesta pueden definir que una persona acepte, rechace o permanezca en una organización. Pero la adaptación tampoco corre en una sola dirección.

Los profesionales y las empresas argentinas que quieran aprovechar las oportunidades generadas por una mayor presencia de compañías chinas también tendrán que aprender a negociar, comunicarse y trabajar con culturas donde los tiempos, las jerarquías, las formas de construir confianza y la relación con el trabajo pueden ser diferentes.

Porque quizás uno de los desafíos menos visibles de esta nueva etapa de inversiones no esté en conseguir capital, tecnología o incluso talento. Está en lograr que dos culturas que entienden el trabajo de maneras diferentes puedan construir una tercera forma de trabajar juntas.

 

*Fundadora de We Global Talent